jueves, 8 de octubre de 2009

Mensaje de nuestra Prof. de Contabilidad, "Gogó"

Queridos compañeros CARO y OSCAR los felicito por el trabajo hermoso que han realizado sobre la escuela cuando abrí la compu el domingo y lo ví me emocionó mucho,ver las fotos, leer lo de Oscar que siempre utiliza las frases exactas les juro que me encantó.
FELICITACIONES

GOGO

Te agradezco muchísimo querida amiga! Me llegó el comentario por Mirta que te había gustado mucho el blog y los textos hechos con tanto amor por Oscar. Sos una persona que ha hecho mucho por esta institución y por ello reconocés cuán importante es conservar una memoria de lo que hace a la identidad de nuestro amado colegio nocturno.
Aprovecho la ocasión para decirte que cualquier comentario que quieras hacer lo remitas a mi correo: carolinacaty@hotmail.com, así lo posteamos y pueden leerlo todos.
Se te extraña mucho! Ponete bien pronto que sos una gran persona. Besos
Carolina

Esperando la Maratón de Lectura!!!

Mañana festejaremos nuestra séptima Maratón de Lectura, promovida por la Fundación Leer.
Alrededor de 15 personas, entre los que se cuentan docentes, preceptores, directivos y alumnos van a compartir con la comunidad lecturas breves y movilizantes, que nos hagan sentir más unidos aún.
Próximamente comunicaremos el discurso, el listado de lectores y lecturas y trascribiremos algunos de los textos con el fin de que todos puedan disfrutarlos.

"Recuerdo 2", por el Prof. Oscar Fernández

Insistí con otros alumnos para conocer la motivación que los empujó a volver a la escuela. Y cuando pedí si alguno estaba dispuesto a contestar la misma pregunta sobre por qué han venido a la escuela nocturna, un alumno que parecía decidido y pujante, dejó oír su motivo:
-Sabe por qué yo vine, profesor… porque ayer me levanté temprano como todos los días para leer los clasificados del diario. En realidad, es el clasificado que ofertan trabajos de todo tipo. Dada mi situación… tengo 22 años y todavía no consigo trabajo. Leí que en la estación de servicio de combustibles, aquí cerca, calle diagonal 73 esquina 9, necesitaban un operario para despachar nafta. Me puse muy contento y esta mañana, a las 6 horas, ya estaba allí. Bueno, la alegría me duró poco. Me encontré con 20 personas más que estaban desde las 3 horas de la madrugada. Después de esperar hasta que viniera el encargado quien lo hizo a las 9, la fila tenía como 50 personas. El hombre encargado era corpulento o me parecía a mí. Tenía un rostro serio y rígido, parecía que no había sonreído nunca, ni aún de niño. Los movimientos de su cara eran muecas, no expresaba ningún sentimiento, parecía de mármol. Yo estaba un poco nervioso dada la cantidad de personas en busca de un solo trabajo. Me temblaban las manos y no eran de frío. Tampoco de hambre porque había tomado unos mates. De pronto, con voz arrogante y militarizada nos pidió atención y con feroces palabras, parecía que ladraba, nos vociferó que él no tenía ningún parámetro para elegir a uno y como eran tantos dijo que lo primero que encuentra para eliminar a algunos es saber si tenían el bachillerato realizado. En consecuencia manifestó: “quien no tenga el secundario terminado que se vaya porque esos no participarán de la elección”. No sabe profesor la bronca que se apoderó de mí. Pensé que para despachar nafta no era necesario ser bachiller, yo con mi escuela primaria creo que estaba en condiciones y que era suficiente. Pero el energúmeno nos dijo eso y sentí un vacío dentro de mí, una impotencia, una desesperación que me consumía. Por eso, profesor, por eso estoy hoy aquí, para poder encontrar trabajo… para poder sobrevivir.
Sus ojos vidriosos denunciaban algunas lágrimas. Una tenue congoja invadía el aula. Todos con resignación bajaron sus ojos como gesto solidario por la pena vivida de ese compañero. Pasé la mano suavemente por el Libro de Temas, hundí la mirada en una de sus hojas e intenté levantar los ánimos. Hurgué en búsqueda de algún chiste rápido que no vino y, por suerte, me sorprendió el timbre que anunciaba el primer recreo. Cuando salí lentamente del aula, reflexioné unos instantes sobre el tema. El joven había encontrado, por su situación, otra veta luminosa que acrecentaba el concepto de educación. La escuela bienhechora como medio de sobrevivir, de ayuda vital. La escuela, inmaculada y gloriosa, era la imagen del dedo de Dios que da vida en su contacto con la mano del hombre como en “La creación” de Miguel Ángel.



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" Recuerdo 1 bis", por el Prof. Oscar Fernández

El docente se presenta con tono humilde y agradece y estimula la presencia de sus alumnos. No sólo por ellos mismos que han decidido retomar sus estudios, sino en nombre de todos los habitantes de la Nación, porque siendo ellos mejores, mejoran a su ciudad, a su barrio, a sus compañeros de trabajo, a sus familias. Por tanto, mejoran a su país. Por el proceso que van a vivir, la felicidad cobra mayor peso, se hace más transparente, más valorada, se gusta con mayor profundidad, se saborea con un paladar más especial, tiene otra fragancia. Y las tristezas pierden el dolor continuado y permanente, para ceder ante la reflexión y el optimismo, para rápidamente buscar una recuperación que está en la próxima vez. La convivencia adentro y afuera se pule y se hace más sedosa, más estable, más tolerante. La vida misma cobra una mayor dimensión humana.
En aquella incipiente noche, la primera interrogación que produje cayó inesperada sobre una joven de 30 a 35 años, callada y tímida que escuchaba atentamente. La pregunta fue breve, pero rotunda:
-¿Y usted por qué quiere ser bachiller?
La respuesta demoró un poco pero lenta y tímidamente fue saliendo. La alumna hizo una larga introducción:
-Profesor -dijo- yo estoy casada con un médico y hace un tiempo que me estoy dando cuenta que mi marido, que me quiere, noto que no me lleva como antes a los Congresos científicos, tampoco ahora salimos a las reuniones o a cenar con la familia de otros médicos. Y muchas veces sale solo. Pero no es que no me lleva porque me ha dejado de querer o porque le da vergüenza por mí que no tengo estudio. ¡No! Todo lo contrario, él me quiere. Lo hace para cuidarme, porque no le gustaría que se burlen de mí, por si me preguntan algo que no sé o si cuando hablo puedo provocar algunas sonrisas por mi ignorancia. No, él lo hace para defenderme, para que yo no pase algún mal momento. Lo hace por eso.
Yo esperé unos instantes. En el aula se podía respirar el silencio, denso y duro. Antes que se prolongase más, interrumpí y un tanto asombrado y atónito, le pregunté:
-¿Entonces, dime por qué quieres ser bachiller?
Esta pregunta eximía de toda incomodidad y daba pie para una contestación al menos simple. La alumna respiró rápida y ansiosamente y exclamó con fuerza:
-Yo vine para que me enseñen a hablar y a conocer todos los temas. Una razón que yo ni preví ni pude adivinar, porque no presentaba un motivo concreto y utilitario, por ejemplo: para continuar en la facultad, para lograr un empleo, para obtener un beneficio en el sueldo. Nada de eso, pero descubría una vena más importante, porque con la educación intentaba defender el amor, disminuir sus falencias. Y pensó que la escuela era el auxilio necesario. Creyó en la escuela como cultivadora del lenguaje y como fuente del conocimiento universal de temas.

jueves, 1 de octubre de 2009

"Recuerdo 4", por el Prof. Oscar Fernández


Todos los años, cada vez que se iniciaban las clases, la población escolar ingresada era una incógnita. Su bagaje cultural, sus experiencias en centros educativos anteriores, sus diferentes personalidades, no iluminaban precisamente la posibilidad de conocer de antemano a los nuevos alumnos. Además, con tan escalonada desigualdad de edades, de origen familiar, social y formativo, sólo intentábamos pronosticar, por supuesto sin acertar, el tipo de alumno que en su mayoría accedía a la escuela. Sin lugar a dudas, nunca han tenido un perfil uniforme. Lo común ha sido la variedad.
Aquella primera noche, de un marzo otoñal y melancólico, parecía que todo iría también por los tubos de basura de la Historia. Uno observaba y pensaba, sin decirlo, que todas esas vidas dentro del aula, eran migajas de una olvidada madera, pero no eran la madera valiosa. Representaban una inédita sustancia escolar que alguna vez fueron promesa. Sacrificados padres habrían tenido sueños de hijos brillantes. Es un derecho y una obligación humana que así sea. No debemos recortar los ideales, al contrario hay que alimentarlos. Y allí estaban, nerviosos pero esperanzados. Cada uno creía en sus propias fuerzas y en su desarrollada capacidad. La mayoría se daba un sobreprecio psicológico. Pero en la superficie de sus rostros asomaba el temor y los fracasos, los deseos incumplidos o las frustraciones justificadas; la apología del yo personal o la valoración exagerada. Todo era posible y, para la realidad, también hasta lo imposible.
Luego de una larga mirada panorámica sobre los alumnos, inicié mi tarea de presentación y conocimiento interpersonal. Entre ellos, una inusitada alumna nos daba muestra de su personalidad a cada momento. Interrumpía y a pesar de la observación volvía a interrumpir. Suceso que se repitió por tres veces. El resto, consecuencia lógica, se puso muy fastidioso. Yo trataba de reprimirme con mucho esfuerzo. Pero la tolerancia tiene sus límites. En mí, se iba desatando una temperamental batalla: la lucha de la paciencia contra la furia. Y esta alumna hacía lo posible y hasta lo imposible, para incitar a esa pelea, para declarar esa guerra en mi campo emocional. No podía asimilar el impacto. Era una alumna de cuya adultez no había dudas. Contaba entre 35 a 40 años, y no ahorraba vociferaciones, gritos, expresiones rústicas y hasta soeces que para ella ni eran descorteses ni eran antisociales, simplemente eran sus palabras y sus tonos comunes. En el terreno democrático, aceptables; pero socialmente, groseras y hasta violentas en seres más sensibles. “¡Qué año tendremos!”, pensé entonces y agregué “¡Qué difícil manera de ganarse el sueldo! Esto es peor que calmar a mi suegra”. Para colmo, aquella alumna era una fiera para defenderse y para contraatacar.
Toda singular persona despierta curiosidad y atracción. Más aún, si esa persona, el primer día, se presenta vestida de tan subrayada elección: una blusa de tafetán verde loro brillante, de holgado escote; un sedoso vestido rojo púrpura de ajustado talle, sujeto por un escaso cinturón de elástico llamado “María Félix”, en honor y promoción del mismo nombre de la actriz del cine mejicano.
La exuberancia de su cuerpo no disimulaba los desbordes de cintura, de vientre y con la ropa ajustada, no tenía forma de ocultar, sino de destacar. También presentaba otras aristas importantes, por ejemplo, un brillo distinto en su mirada, una luz que pedía solidaridad, rogaba por un tiempo más; pronosticaba un cambio. Su desordenado maquillaje estaba a tono con su vestimenta. Labios pintados, con abuso del rojo intenso y brillante, despiadadamente marcados, asimétricos, con forma de corazón en el centro del labio superior. Sus ojos eran sombríos, color azabache, hundidos por la negra sombra que pintaba la cuenca orbital. Su rostro chisporroteaba luces de viejos festivales, estaba alegre y alocada. Juego de colores, de luces y sombras, sólo faltaba el estruendo de un inocente estallido. El aula, con ella, vestía de manicomio. Su actuar era explosivo.
Los días fueron transcurriendo en blanco y negro. Y también se sucedieron los años. Mientras el alumno no deserte, tiene abierto un crédito de esperanza. El buen docente no sólo lo sabe, también lo alimenta, lo nutre, lo estimula. Le agiganta lo exiguo, le magnifica lo pequeño; le felicita ante el éxito. Le levanta su autoestima hasta sobrepasar sus hombros. Así la alumna construye y se construye su educación. Y aunque es difícil notar cambios o transformaciones profundas de un día para otro, lentamente la estancia en la escuela la fue afinando. Claro, el pulido de una persona no se nota con la simple visión, como los músculos después de muchas sesiones de gimnasia. Lo que hace la escuela se amasa en el tiempo y se visualiza en el actuar humano, en su comportamiento, en sus reflexiones, en sus respuestas, en sus elecciones, en sus opiniones, en su convivencia, en sus decisiones más atinadas y en sus afectos más voluminosos. Esto construye la educación de la mano del tiempo. De todas las maravillas del mundo, ésta es lejos la primera. Por todo ello, Dios es el Maestro, como lo es Don Bosco para la juventud.
Y aquella rústica mujer del principio, se transformó en una dama impecable. Había dejado atrás sus vocingleras expresiones, su estridente sonoridad en las intervenciones. Hablaba con suave dulzura, con reposo, sin apresuramientos. Cada vez que expresaba sus opiniones, el silencio de sus compañeros le infundaba autoridad. Nadie se atrevía a interrumpirla. Sus palabras tenían el tono perfecto para cada situación. Sus gestos ampulosos se fueron evaporando año tras año. Sus modales indiscretos y gruesos tomaron un trazo fino y elegante. Se movía con llamativa sobriedad. Su atuendo, sin ser lujoso, evidenciaba femineidad. Combinaba los colores de su ropa personal con sentido estético. Hasta en esto había crecido. Dejó en el pasado la exagerada brillantez de sus adornos para ser ella la reluciente. Atenuó los tonos de su indumentaria con la sencilla prestancia de una verdadera señora. Apacible, madura, se sentía forjada por el fuego espiritual del proceso educativo. Era otra, tan distinta, era mucho más.
Mi memoria ha borrado su nombre, pero no es necesario y es mejor, porque no se trata de una individualidad, involucra en ella a todas las alumnas que probaron el pan de la educación. Aquellas que alimentaron su personalidad, por lo menos en cuatro años de escuela. Muchas veces pienso qué habrá hecho de su vida. Tendría que adivinar. Sin embargo, estoy completamente seguro que el servicio dado a la sociedad está cumplido. Sin dudas, la bella dama que egresó será hoy una elogiosa esposa, o una excelente profesional, o una tierna y dulce mamá, o por siempre la monumental obra de arte educativa cuyos artistas son los buenos docentes. Es el triunfo de la vida.

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"Recuerdo 3", por el Prof. Oscar Fernández


A Martina Hernández, de 55 años, viuda con dos hijos adolescentes, de tez mate y mirada firme, la veía todas las noches que yo tenía clases, porque obligatoriamente debía pasar, rumbo a casa, por la parada del ómnibus que ella tomaba. Fue mi alumna en 3er. año, ahora está en 4to, último año del Bachillerato para adultos. A las 23.45, el insobornable reloj marca puntualmente la salida. Un horario interminable y horroroso para la familia, porque no pueden todos juntos reunirse para cenar, indispone para el encuentro. Los padres que estudian en la escuela nocturna, cuando regresan sólo pueden ver a sus hijos ya dormidos. ¿Cuánto se pierde por esto?, es difícil de saber. El indomable tiempo tiene el poder de revelar desgracias o felicidades. Pero para intentar las correcciones, el hoy es demasiado tarde, y todo pasa sin atenuantes.
A la salida de la escuela, yo me dirijo por calle 58, a propósito recuerdo que esta calle se llama “Don Bosco”; la recorro hasta casi llegar a calle 7, pues antes atravieso, en diagonal, el Ministerio de Obras Públicas. Llego a la esquina de calles 59 y 7, donde está la parada de los ómnibus. Así, monótono y cabizbajo, como la mayoría de los alumnos, todas las noches, bajo lluvia o bajo las estrellas, con frío o con calor, veo a la alumna Hernández, cansada y expectante, mirando a la distancia a fin de distinguir el ómnibus esperado. Muchas veces la he visto acurrucada con su viejo y descolorido abrigo, calentarse las manos al soplo de su aliento, mientras el temblor de su cuerpo enfrentaba el frío filoso de la noche. Y ahora, ahí está, una vez más, dulcemente luminosa como la llama que alumbra la residencia marmórea del héroe. Yo siempre he pasado cerca y la he saludado, pero jamás he detenido mi hambrienta marcha de pasos automatizados por los años. Así una y otra vez, mientras el tiempo corría insistente sin detenerse jamás. El saludo común, rutinario. Esa es la mecánica indolente y respetuosa de la costumbre.
En aquella noche tenebrosa, fríamente oscura, los quejosos árboles sufrían la llovizna gris y el soplido agudo del viento. La ciudad estaba desolada, apenas algún transeúnte cruzaba la brillante calle lustrada por el agua y la luz de los empapados faroles. La salida de la escuela, a las 23.45, anunciaba el regreso a casa pronto, a la espera de un plato caliente. Cuando apuraba el paso, cuatro o cinco baldosas flojas me hacían notar que la lluvia estaba fría y dispuesta a mojarme de arriba abajo y municipalmente, de abajo arriba. Con otras zancadas, alcanzaba a quitarme dos o tres charcos corridos. Llegaba al Ministerio de Obras Públicas, agitado y bañado por el aguacero. El paraguas apenas sostenía el tozudo ventarrón. Apuraba aún más mis movimientos y me encontraba pronto en la esquina de las calles 59 y 7. No había muchas sorpresas, allí como siempre, en la parada del ómnibus estaba Martina Hernández, soportando la impiedad de la lluvia, con la misma firme postura, con su rostro demacrado y tallado por profundas huellas que atestiguaban las contrariedades de la vida. Su presencia sugería además la fuerza de la voluntad que no claudica, el ejemplo de la férrea perseverancia y el calor de un ánimo inquebrantable. Sin embargo, parecía una desgraciada. Víctima del hambre, del cansancio y la resignación, me extendía una blanda mirada. No podía ser tan descortés en semejante situación. Le chorreaba el agua desde su cabeza y desde sus hombros. Le ofrecía mi paraguas, me agradecía y lo rechazaba; le insistía y para que no creyera que me perjudicaba, le decía que a mi sólo me quedaba una cuadra. Tampoco aceptaba. No cabía más que esperar.
Para el que espera el tiempo tiene distorsiones desfavorables. Pasaban unos minutos y parecía una eternidad, fruto de lo incómodo de la situación y de la ansiedad por la llegada. Yo trataba de alentarla repitiendo: “Ya vendrá…”. Por otra parte, mi deseo era, con desesperación, que viniera el ómnibus rápido. Otra vez el viento huracanado despertaba de su pequeña pausa. La noche se hacía un martirio. Y ya cuando pensaba renunciar a quedarme, me dijo con calmosa y sencilla expresión, como que lo pronunciado sería una superficialidad, que tenía poco valor o no lo tenía. Simplemente:
-Profesor, como le digo, yo bajo en la terminal del ómnibus… Después tengo que caminar diez cuadras, sin luz y sin asfalto… por calles de barro. Y me esperan mis hijos que están solos.
Apenas alcanzaba a finalizar sus palabras cuando, a lo lejos, se divisaba el ómnibus. En aquella invernal noche, la saludé casi lagrimeando y me fui en silencio. Me dio vergüenza quejarme… Hoy, la memoria borra el rostro de Martina Hernández, pero sus ejemplos de lucha, de optimismo, de esperanza jamás desaparecerán de mis recuerdos.



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